LA VILLA DE SILES EN EL SIGLO XVIII: SU EVOLUCIÓN SOCIODEMOGRÁFICA Y SU AGRICULTURA.

Análisis de la evolución demográfica, económica y social de la villa de Siles en el siglo XVIII, por Carlos Javier Garrido García.

Trabajadores de la madera en Siles en los años 1920. Fotografía: El Cura Blanco. Fuente: “Recuerdos del Ayer y Siles”, p. 59.

INTRODUCCIÓN

El siglo XVIII es un periodo de grandes cambios en la Sierra de Segura. Por un lado, se consolida el proceso de oligarquización y polarización social que hundía sus raíces en el siglo XV y que se acentuó en el siglo XVI. Por otro lado, los enfrentamientos por el control de los recursos entre el concejo de Segura de la Sierra y el de las villas de su término se saldaron con la victoria del primero, sumiendo a las villas en una crisis que se unió a la general del país en el siglo XVII (GARRIDO, in extenso). Por último, en las décadas de 1730-1740 se establecen el Real Negociado de Maderas, primero, y la Provincia Marítima, después, lo que supuso que la Corona se hiciera con el control de los recursos de unos terrenos hasta ahora comunales y controlados por el Concejo de Segura de la Sierra en virtud de las Ordenanzas del Común de 1580.

Los estudios históricos sobre la comarca en el siglo XVIII se han centrado básicamente en dos aspectos: el establecimiento y desarrollo del Real Negociado y de la Provincia Marítima (COBO, CRUZ, RUIZ y VIGUERAS) y un estudio de la situación socioeconómica de la zona a través de las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada realizado a mediados de siglo (GILA).

En cuanto al Catastro de Ensenada, fue una recopilación de información socioeconómica de todas las localidades de la Corona de Castilla con la intención de establecer un único impuesto proporcional a la riqueza de cada individuo, la llamada “única contribución”. Aunque esta al final no se logró establecer, por la oposición de los estamentos privilegiados, generó una ingente documentación, consistente en las Respuestas Generales, en las que se recoge información general sobre cada localidad (población, actividades económicas, impuestos, etc) y las Respuestas Particulares, en las que se recogen los datos demográficos y socioeconómicos de todas las familias de cada localidad. En el caso de la Sierra de Segura han sido estudiadas y editadas las Repuestas Generales por Juan Antonio Gila Real, pero no ha sido abordada hasta el momento el estudio de las Respuestas Particulares.

El objetivo del presente trabajo es realizar un primer acercamiento a la riqueza de las Respuestas Particulares a través de las referentes a doña María Ignacia Ortega Montañés, viuda de don Francisco Patiño Castellanos, que era la mayor propietaria de la localidad de Siles, tal y como consta en el “Libro de propiedades de mayores hacendados y de las calidades y productos de las tierras de las distintas localidades del reino de Murcia, recopilado por la Contaduría de la Única Contribución”, de 1755 (ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS, Dirección General de Rentas, 1ª Remesa, Libro 465).

SILES EN EL SIGLO XVIII

Como consecuencia de los factores ya citados (oligarquización y dominio del concejo de Segura y de la Corona), la población de Siles a lo largo de los siglos XVII y XVIII permaneció prácticamente estancada. Así, si en 1646 existían en la localidad 237 vecinos, es decir, familias (GARRIDO, p. 35), en 1755 según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada eran 280 (GILA, p. 233). En la segunda mitad del siglo XVIII persistió el estancamiento, ya que el establecimiento del Real Negociado de Maderas en 1734 y de la Provincia Marítima en 1748 supuso que el control sobre los recursos de la zona pasara del Concejo de Segura a estas instituciones de la Corona, por lo que continuó la limitación para la ganadería y la explotación forestal y para el aumento de la superficie cultivada. Como consecuencia de ello, en 1803 la población de la localidad sólo había ascendido a 300 (EXPEDIENTE, p. 20-21).

Además de estancada, la población de Siles en el siglo XVIII estaba muy polarizada. Así, según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, en 1755 había en la localidad 122 jornaleros y 4 pobres de solemnidad (GILA, p. 238), por lo que la suma de ambos grupos suponían el 45 % del total del vecindario. Por otra parte, según un informe de 1759, la estructura social de la localidad era la siguiente: de un total de 276 vecinos, 150 eran jornaleros, labradores y criados (54 %), 10 pobres de solemnidad (4 %) y 38 viudas (14 %), mientras que el resto, seguramente propietarios, eran 78 (28 %) (GILA, pp. 235-236).

En el aspecto económico, la economía de la localidad en el siglo XVIII, como en el resto de la Sierra de Segura, descansaba en la ganadería y la explotación de la madera, actividades que se complementaban con una agricultura de subsistencia muy limitada y que no bastaba para asegurar el suministro de bienes de primera necesidad a la población. Si estas actividades se vieron limitadas por el control del Concejo de Segura a través de las Ordenanzas del Común de 1580, entrando por ello la localidad en una aguda crisis, su sustitución por las ya citadas instituciones de la Corona mantuvo la situación de estancamiento (GARRIDO). De hecho, la desaparición de la Provincia Marítima en 1833, y su falta de control sobre el territorio durante la Guerra de Independencia y gran parte del reinado de Fernando VII, permitió un aumento de las roturaciones agrarias y de la explotación ganadera y forestal, lo que explica el crecimiento exponencial que registra la población de Siles, que en 1837 llega a los 502 vecinos o familias (MARTÍNEZ, tabla inserta sin paginar) y en 1849 alcanza los 524 (MADOZ, p. 397), 224 más que en 1803.

GRAN PROPIEDAD EN SILES EN EL SIGLO XVIII: LOS BIENES RÚSTICOS DE MARÍA IGNACIA ORTEGA, MAYOR HACENDADA DE LA LOCALIDAD

Ya he indicado que la población de la Sierra de Segura había sufrido un acusado proceso de polarización. Frente a una gran masa de jornaleros, la propiedad se concentraba en unas pocas manos. Los mayores hacendados de cada localidad en 1755 según el Catastro de Ensenada se exponen en la Tabla nº 1. Como se puede ver, en 5 casos serían miembros de la pequeña nobleza, como indica el título de “don”, mientras que los otros 5 serían ricos labradores. Destaca la presencia de dos mujeres, en Génave y Siles, ambas viudas.

Tabla nº 1

Mayores hacendados en la Sierra de Segura a mediados del siglo XVIII. Fuente: Libro de mayores hacendados del Catastro de Ensenada.

LOCALIDAD MAYOR HACENDADO
Benatae Lorenzo López
Génave Elvira Rodríguez
Hornos Julián García
La Puerta Andrés Ruiz Ocaña
Orcera Don Domingo Antonio Rodríguez
Santiago Don Pascual de Ortega
Segura Don Diego de los Ríos y Mendoza
Siles Doña María Ignacia Ortega Montañés
Torres Don Francisco García Pretel
Villarrodrigo Bartolomé Salcedo y Ortega

Entrando en el análisis de las propiedades de la mayor hacendada de Siles, en la Tabla nº 2 reproduzco la cantidad de cada tipo de tierras que poseía y su relación con el total de tierras de cada calidad de la localidad.

Tabla nº 2

Clasificación de las propiedades de María Ignacia Ortega y porcentaje sobre el total de la localidad en fanegas. Fuente: Libro de mayores hacendados de Catastro de Ensenada y Gila Real, p. 206

TIPO DE CULTIVO SILES Mª I. ORTEGA %
Regadío con moreras 90 26’75 29’7
Secano con moreras 21’5 0 0
Regadío sin moreras 105 7’92 7’54
Secano sin moreras 973’37 192’5 19’8
Viñas 83’5 21’5 25’7
Hortalizas 8 0 0
Inútil montuoso 38 0 0
Matorral 224’5 35 15’6
Dehesas de la villa 113’33 0 0
TOTAL 1.657’33 283’67 17’12

Un primer hecho a destacar es que una única propietaria poseía el 17 % de las tierras de la localidad. Evidentemente, en el caso de los grandes propietarios sus bienes raíces no tenían un objetivo de autoabastecimiento y subsistencia, sino que estaban destinados a conseguir productos que, a través de su venta en el mercado, dieran un rendimiento monetario, que se podía conseguir también a través del posible arrendamiento de estas propiedades. Todo esto es lo que explica que las propiedades de María Ignacia Ortega se centraran en las tierras más productivas, el regadío, con importante presencia de moreras, relacionadas con la crianza de los gusanos de seda, y en las viñas, cuyo fruto iba destinado a la producción de vino. Así, esta hacendada poseía más de una cuarta parte de los regadíos con moreras y de las viñas de la localidad, mostrando menos interés en el resto de tipos de tierras.

Por otra parte, a través de la localización de los partidos o pagos por donde se distribuían las propiedades de María Ignacia Ortega nos podemos hacer una idea acerca de los existentes en la localidad y de sus características. La mayor parte de ellos eran heterogéneos en cuanto a la tipología de cultivos que albergaban. Así, el regadío, con y sin moreras, se concentraba en partidos como el de la Fuente, el del Río de los Molinos y el del Arenal. Por su parte, el secano se localizaba en exclusiva en partidos como el de la Hoya, el del Portillo y el de los Llanos de la Fuente, estando mezclado con matorrales en los del Retamar, el del Cerro Blasco y el del Castrobayona. En el resto de partidos predomina la heterogeneidad: en los de San Roque y de San Marcos había regadíos con y sin moreras y secanos; en los de Majada Llana y Donadío regadíos con y sin moreras, secanos y viñas; en el de los Cobos o Cuevas regadíos con y sin moreras y viñas de regadío; y, por último, en el de Royo Llano, el más heterogéneo, se mezclaban regadíos con y sin moreras, regadíos con frutales, viñas, secanos y matorrales.

Otro aspecto a analizar es la productividad de la tierra. En el documento se indica una valoración de la producción de cada tipo de finca en reales de vellón, datos que resumo en cada tipo de finca en la tabla nº 3.

Tabla nº 3

Producción media según el tipo de finca de las propiedades de María Ignacia Ortega a mediados del siglo XVIII. Fuente: Libro de mayores hacendados de Catastro de Ensenada.

CALIDAD DELA TIERRA FANEGAS PRODUCCIÓN EN REALES REALES/FANEGA
Regadío con moreras 26’75 6.614’4 247’3
Regadío sin moreras 7’92 1.483’6 187’3
Viñas 21’5 2.985 138’8
Secanos 192’5 9.275 48’2
Matorrales 35 35 1
TOTAL 283’67 20.393 71’9

Como se puede ver, las 283’67 fanegas de tierra que poseía le reportaban 2.393 reales de vellón anuales, una cifra bastante considerable. Las más productivas eran las tierras de regadío con moreras, muestra de la importancia de la cría de gusanos de seda, cuyo producto vendían los campesinos a los tejedores murcianos, uno de los principales centros de la industria sedera española. Por debajo de las tierras de regadío, con o sin moreras, se encontraban las viñas, con una producción media que no puede esconder el hecho de su importancia económica, al ser su producto, el vino, un alimento de gran consumo e importancia comercial. En cuanto a los secanos, su productividad por fanega es muy baja, pero su importancia para la economía familiar de los Ortega era fundamental, acercándose su producción al 50 del total de sus ingresos. Por último, los matorrales tenían una producción y productividad ínfima.

En cualquier caso, para valorar en su justa medida la capacidad económica de María Ignacia Ortega tenemos que tener en cuenta que los bienes rústicos urbanos (tales como casas o establecimientos) y los bienes muebles (ganados y otros bienes domésticos o comerciales) no son tenidos en cuenta en el documento que nos sirve de base.

Reses en “La Llaná”. Fotografía: El Cura Blanco. Fuente: “Recuerdos del Ayer y Siles”, p. 52.

CONCLUSIONES

Tras entrar en crisis desde finales del siglo XVI por las limitaciones a la explotación ganadera y maderera del territorio que supusieron las Ordenanzas del Común de 1580, la villa de Siles continuó demográfica y económicamente estancada a lo largo de los siglos XVII y XVIII. En este último siglo, la sustitución en el control de los recursos de la zona del Concejo de Segura por el Real Negociado de Maderas en 1734 y por la Provincia Marítima en 1748 siguió privando a los vecinos de Siles de una mayor explotación del territorio que permitiera, en una economía cerrada de subsistencia, aumentar su población. La situación cambia en la primera mitad del siglo XIX debido al debilitamiento del control ejercido por la Provincia Marítima y a su definitiva desaparición en 1833, permitiendo a los vecinos de Siles roturar nuevas tierras y aumentar la explotación ganadera y forestal, lo que permitió un destacado crecimiento de la población.

En el aspecto social, la población de Siles en el siglo XVIII estaba intensamente polarizada y dominada por una pequeña élite, de la que formaba parte destacada la viuda María Ignacia Ortega, mayor propietaria de tierras de la localidad en 1755. El análisis de sus bienes permite comprobar la acumulación de propiedades en pocas manos, lo que explica el predominio de la población jornalera, y las características de la agricultura local. Así, en ella destacaba la agricultura de regadío, con presencia importante de las moreras, y las viñas, ambas relacionadas con dos productos comerciales que proporcionaban ingresos complementarios como la seda y el vino, de ahí que las élites tendieran a acumular tales tierras en su poder. En cualquier caso, en una economía agraria de subsistencia como la de la época su finalidad fundamental era la producción de alimentos, especialmente cereales, de ahí la importancia de los regadíos, muy productivos, y de los secanos, poco productivos pero, dada su extensión, fundamentales en la economía local.

BIBLIOGRAFÍA

  • AAVV: Recuerdos del Ayer y Siles. Úbeda: El Olivo, 1999.
  • COBO DE GUZMÁN Y LECHUGA, Jesús: Estudio sobre las Ordenanzas de Montes del año de 1748 y del Expediente sobre el Régimen y Administración de los Montes de Segura de la Sierra y de su Provincia Marítima, 1811. Jaén: Caja de Jaén, 1994.
  • CRUZ AGUILAR, Emilio de la: “La provincia marítima de Segura de la Sierra”. Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 107 (1981), pp. 51-82.
  • EXPEDIENTE: Expediente sobre el régimen y administración de los montes de Segura de la Sierra y de su Provincia. Madrid: Imprenta de Miguel de Burgos, 1825.
  • GARRIDO GARCÍA, Carlos Javier: “Siles en el siglo XVI: población, economía y sociedad de una villa de la Sierra de Segura”. Tiempos Modernos, 35 (2017/2), pp. 30-47.
  • GILA REAL, Juan Antonio: “La Sierra de Segura en el Catastro del Marqués de la Ensenada”. Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 168 (1998), pp. 191-364.
  • MADOZ, Pascual: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Tomo XIV. Madrid: Madoz-Sagasti, 1849.
  • MARTÍNEZ, Juan de la Cruz: Memorias sobre el partido judicial de Segura de la Sierra. Baeza: Imprenta de F. Moreno, 1842.
  • RUIZ GARCÍA, Vicente: De Segura a Trafalgar. Úbeda: El Olivo, 2009.
  • VIGUERAS GONZÁLEZ, Modesto: El transporte de madera por flotación y carretería, desde los bosques de Sierra Segura hasta Sevilla y los Arsenales de La Carraca (Cádiz) y Cartagena, durante los siglos XVIII y XIX (1734/1833). Madrid: Ente Público de Puertos del Estado, 2002.

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PROCESO DE DESAMORTIZACIÓN Y CAMBIOS AGRARIOS

Resumen del Tema 7 de Selectividad (Andalucía) referente al proceso de desamortización y a sus consecuencias, por Carlos Javier Garrido García.

El general Baldomero Espartero, bajo cuya regencia se inició la desamortización de los bienes del clero secular (1841).

INTRODUCCIÓN

Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX se produce en Gran Bretaña el proceso de Revolución Industrial, que se extiende al resto de Europa, EEUU y Japón a lo largo del siglo XIX en el llamado proceso de Industrialización.

Una de las causas de la Revolución Industrial y de la Industrialización fue la Revolución Agraria, consistente en un crecimiento de la producción y productividad agraria como consecuencia del asentamiento de la propiedad privada, la introducción de innovaciones técnicas (sistema Norfolk, mecanización) y nuevos cultivos (patata, maíz) y del consiguiente paso de una agricultura de subsistencia a otra dirigida al mercado.

En España, como en el resto de la Europa Meridional y Oriental, no se produjo la revolución agraria, debido sobre todo a la ausencia de una verdadera reforma agraria. Ello explica en buena medida el fracaso del proceso de industrialización y el constante problema de la conflictividad jornalera en nuestro país.

LA ECONOMÍA AGRARIA DE LA ESPAÑA DEL ANTIGUO RÉGIMEN

La mayor parte de las tierras estaban amortizadas, es decir, pertenecían y estaban vinculadas a las instituciones de la nobleza (Títulos y mayorazgos) y de la Iglesia (órdenes religiosas, catedrales e iglesias), que podían aumentar sus propiedades con nuevas adquisiciones, explotaban la mayor parte de forma indirecta a través de arrendamientos y censos, y no podían desprenderse de ellas. Como consecuencia de ello, había una ausencia casi total de inversiones por lo que la productividad era muy escasa y predominaba una agricultura de subsistencia, causada también por la deficiencia de los transportes.

Existía por tanto una deficiente estructura de la propiedad, concentrándose la mayor parte de la tierra en manos de los estamentos privilegiados. Sin embargo, el desarrollo del proceso de Reconquista permite diferenciar dos zonas en España: en el Norte predomina el minifundismo, ya que la Reconquista fue muy lenta, lo que permitió ir estableciendo en el territorio pequeños campesinos; en el Sur predomina el Latifundismo ya que la rapidez con que fue reconquistada la zona al sur del Tajo hizo que la única manera de ocupar el territorio fuera conceder grandes territorios a los nobles, Órdenes Militares e Iglesia.

DESARROLLO DEL PROCESO DESAMORTIZADOR

Objetivo: establecer la plena propiedad privada de la tierra, dando fin a su amortización.

Precedentes: en el reinado de Carlos IV, en 1798, el primer ministro Godoy desamortizó los bienes de los patronatos eclesiásticos (Capellanías, Obras Pías, hospitales y hospicios) y parte de los realengos y baldíos, vendiéndolos en pública subasta para solventar el problema de la deuda pública. En las Cortes de Cádiz (1810-1814) y durante el Trienio Liberal (1820-1823) se decretó la supresión de los señoríos y la desamortización del clero regular mediante la expropiación de sus propiedades por el Estado y su posterior venta en pública subasta. Sin embargo, el retorno al absolutismo en 1814 y 1823 supuso la anulación de estas medidas.

La desamortización se lleva a cabo durante el reinado de Isabel II a través de las desamortizaciones de Mendizábal (1836), de Espartero (1841) y de Madoz o Ley de Desamortización General (1855), todas ellas decretadas durante sendos periodos de dominio progresista en el gobierno.

Desamortización de Mendizábal (1836): se desvinculan las tierras de la nobleza y el clero. En este último caso se expropiaron los bienes del clero regular (comunidades religiosas), vendiéndose en pública subasta, por lo que fueron acaparadas por la burguesía. Su finalidad fue atenuar el problema de la deuda, no hacer una reforma agraria.

Desamortización de Espartero (1841): se decreta la desamortización de los bienes del clero secular (Catedrales e iglesias), vendiéndose en pública subasta. El retorno de los moderados al poder hizo que las ventas quedaran paralizadas.

Desamortización de Madoz o Ley de Desamortización General (1855): se expropian y subastan al mejor postor los bienes que le quedaban a la Iglesia y los de los Ayuntamientos, en este último caso tanto propios (bienes destinados a satisfacer los gastos de la institución) como comunes (bienes de libre aprovechamiento para los vecinos).

CONSECUENCIAS DE LAS DESAMORTIZACIONES EN LA AGRICULTURA ESPAÑOLA

Consolidación de la propiedad privada de la tierra gracias a las reformas liberales (supresión de señoríos, desvinculación de la propiedad y desamortización de las tierras de la Iglesia y de los Ayuntamientos: Desamortizaciones de Mendizábal en 1836 y de Madoz en 1855).

Los objetivos de las desamortizaciones fueron paliar los problemas de la Hacienda Pública y consolidar el apoyo de la Burguesía al régimen liberal: esto se tradujo en una ausencia de verdadera reforma agraria, ya que el sistema de venta adoptado (subasta al mejor postor) hizo que las tierras fueran adquiridas por la burguesía (nueva concentración de la propiedad) y que la población campesina empeorara su situación (desaparición de arrendatarios, pérdida del derecho de uso de las tierras comunales)

En el aspecto económico, las desamortizaciones produjeron un aumento de la producción agraria, destinada ahora más al mercado que al autoconsumo. Este aumento de la producción no fue consecuencia de una mejora de las técnicas agrarias, sino del aumento de la superficie cultivada (los rendimientos por superficie decrecen).

Paso de una agricultura de subsistencia basada en el cultivo de cereales a otra moderna basada en frutales y productos de regadío (zona mediterránea). Gran expansión de la vid, el olivo y el naranjo.

El proteccionismo impuesto sobre los cereales (que siguen siendo el principal cultivo) supuso una ausencia de inversiones y un empobrecimiento de las clases obreras.

Este retraso agrario supuso uno de los mayores obstáculos a la revolución industrial española (ausencia de beneficios, sub-consumo interno) y una de las fuentes principales de conflictividad social (revueltas jornaleras).

CONSECUENCIAS DEL SUBDESARROLLO AGRARIO EN EL PROCESO DE INDUSTRIALIZACIÓN

La ausencia de revolución agraria en España explica en buena parte el fracaso del proceso de industrialización y el atraso social y económico de España durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

Así, las características socio-económicas de España fueron: Crecimiento demográfico bastante menor que en el resto de los países industrializados por el mantenimiento de una alta tasa de mortalidad; Predominio de la población rural frente a la urbana; Predominio del sector primario en la economía española; Escasa industrialización, muy desigualmente repartida en el territorio, por la demanda interna insuficiente, la escasez de fuentes de energía, el atraso agrario y la inexistencia de una burguesía emprendedora; Desarrollo de la minería en función de intereses extranjeros; Ferrocarril subdesarrollado por la estructura radial, el dominio de capitales e intereses extranjeros y la escasa rentabilidad; Subdesarrollo del mercado interior por los transportes deficientes y la escasez de demanda por el subdesarrollo socioeconómico; Comercio exterior deficitario (exportación de materias primas e importación de productos industriales); y Predominio de la políticas proteccionistas e intervencionistas por los intereses de las oligarquías agrarias e industriales que desincentivaron la inversión y disminuyeron la demanda por el alza de los precios.

CONSECUENCIAS

El fracaso de la revolución agraria y, por tanto, de la industrialización supusieron un retraso en la economía y una conflictividad social tan acusados que explican en buena medida la inestabilidad política que sufre en país a lo largo de los siglos XIX y XX.

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SILES EN EL SIGLO XVI: POBLACIÓN, ECONOMÍA Y SOCIEDAD DE UNA VILLA DE LA SIERRA DE SEGURA

Análisis de evolución demográfica y socioeconómica de la villa de Siles durante el siglo XVI, por Carlos Javier Garrido García.

 Acabo de publicar el artículo “Siles en el siglo XVI: población, economía y sociedad de una villa de la Sierra de Segura”, en la revista “Tiempos Modernos”, nº 35 (2017/2), pp. 30-47. Incluyo en esta entrada el resumen, introducción y conclusiones del mismo, incluyendo también el enlace para poder descargarlo completo en pdf.

Campanario de la Iglesia parroquial de Siles.

Resumen

Este artículo analiza la población, la economía y la sociedad de Siles, villa perteneciente a la Encomienda de Segura de la Sierra de la Orden Militar de Santiago, en el reino de Murcia, en el siglo XVI, y en la que, como en el resto de la Sierra de Segura, se produce un proceso de creciente polarización social a lo largo de la Edad Moderna.

Para ello, utilizamos fuentes documentales inéditas, aparte de las famosas Relaciones Topográficas de Felipe II de 1575 y de las Ordenanzas del Común de 1580, procedentes del Archivo Histórico Nacional y del Archivo General de Simancas.

Estado de la cuestión y fuentes

El objetivo de este trabajo es realizar un estudio sobre la villa de Siles en el siglo XVI, un siglo que ha sido poco abordado hasta el momento en la historiografía comarcal.

Se cuenta con las magníficas tesis doctorales sobre la Orden de Santiago de Pedro Andrés Porras Arboledas y Miguel Rodríguez Llopis, aunque ambas están centradas en el siglo XV y primer cuarto del XVI, en el primer caso abarcando toda la Provincia de Castilla y en el segundo los territorios de la Orden en el reino de Murcia, por lo que esta última presenta un mayor grado de concreción para el ámbito que nos ocupa.

Aparte de estas obras, sólo hay que destacar, en el aspecto histórico, las ediciones y estudios de las Ordenanzas del Común de 1580, por Emilio de la Cruz Aguilar, y de las Relaciones de Felipe II de 1575, por Rafael Serrano y Luis Rafael Villegas, a lo que hay que unir el estudio sociodemográfico que sobre Santiago de la Espada han realizado el que suscribe y Francisco Bravo Palomares, y, en el artístico, un análisis sobre la arquitectura religiosa y militar en la comarca por María del Valle y María Gracia Gómez de Terreros.

También hay que citar dos publicaciones de historia local, debidas a Antonio Sánchez y Juan Pedro Muñoz, que, en general, no pasan para el siglo XVI de reproducir las respuestas de las Relaciones de Felipe II.

En este caso, voy a analizar la evolución demográfica, económica y social de la localidad a través de diversas fuentes.

La primera de ellas las ya citadas Relaciones y Ordenanzas del Común, que me servirán para establecer un marco general que voy a complementar con documentación inédita procedente del Archivo Histórico Nacional, caso de los libros de visitas de la Orden de Santiago, utilizados sobre todo para los datos de población, y del Archivo General de Simancas, donde se hallan diferentes averiguaciones de vecindario y rentas de la localidad en su sección de Expedientes de Hacienda.

Estas averiguaciones se hicieron para controlar el cobro de las alcabalas, que eran el impuesto real que gravaba las compraventas, suponiendo un 10 % de su valor. Dado que su cobro era bastante complicado, la Corona decidió realizar un encabezamiento, es decir, calcular a cuanto podían ascender las compraventas en cada localidad y repartir el montante entre sus vecinos en función de su riqueza. Estos documentos aportan muchísima información, empezando por una cuantificación del vecindario y de las alcabalas y los diezmos, lo que se complementa con el reparto de la alcabala entre los vecinos en función de su riqueza, siendo así una fuente muy importante para estudiar la estructura social de la localidad.

Conclusiones

En el siglo XVI culmina un doble proceso, iniciado en el siglo XIV y acelerado gracias al desarrollo que llevó aparejado el fin de los condicionantes fronterizos tras la conquista del reino de Granada.

Por un lado, el enfrentamiento entre la villa de Segura, que controlaba una ganadería y explotación forestal vinculada con el exterior, y sus villas dependientes, en este caso Siles, con una economía basada en el aprovechamiento ganadero local, que es limitado por los intereses superiores segureños, asegurados definitivamente gracias a las Ordenanzas del Común de 1580. De este enfrentamiento sale derrotada la villa de Siles, que sufre, por otra parte, a finales de siglo una aguda crisis demográfica y económica como consecuencia de esa derrota.

Por otro lado, la creciente polarización social. Así, no podemos hablar de la villa como una comunidad igualitaria, sino que se acentúa la concentración de la riqueza y del poder en la élite de la misma, un reducido grupo de poco más de 10 familias que controlan el concejo local y la mayor parte de la riqueza. Esta situación, se irá agravando en el resto de la Edad Moderna y en la Edad Contemporánea, aunque eso, evidentemente, es otra Historia.

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CENSOS PERPETUOS: RELACIONES DE PRODUCCIÓN ENTRE EL CAMPESINADO MORISCO Y LAS ÉLITES CATELLANAS EN EL REINO DE GRANADA

CENSOS PERPETUOS. Extracto del artículo “La explotación de los bienes rústicos de la Iglesia de Guadix en época morisca: el sistema de censos perpetuos” publicado en la revista Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos (Sección Árabe-Islam), nº 52 (2003), pp. 105-124, por Carlos Javier Garrido García.

 

Moriscos en Granada, grabado de Joris Hoefnagel (1564).

Introducción

Los estudios sobre el campo granadino en época morisca han conocido en los últimos años un fuerte auge. Sin embargo, este avance se ha producido con algunas limitaciones, destacando que las investigaciones se han centrado básicamente en los primeros años de la centuria (marcados por los repartimientos) y en la situación de la economía agraria en el momento de la expulsión de los moriscos (basándose en la ingente fuente que suponen los Libros de Apeo y Repartimiento), tratándose por tanto de dos fotos fijas de dos momentos importantes, aunque sabemos muy poco de la evolución de la agricultura granadina.

Por otra parte, las investigaciones se han centrado sobre todo en los aspectos relacionados con los estudios sobre parcelario, paisaje y sistemas de cultivo e irrigación, mientras que en el aspecto básico de las relaciones de producción generadas los estudios han sido bastante parcos y en muchos casos no han pasado de establecer la dicotomía entre propietarios castellanos y mano de obra morisca, sin ahondar en las formas de cesión de la tierra empleadas ni en su evolución a lo largo de la época morisca.

Este es precisamente el aspecto en el que voy a centrar a través del estudio de una de estas formas, la del censo perpetuo o enfitéutico, utilizando como ejemplo el caso de las propiedades rústicas de la Iglesia de Guadix y utilizando como fuente básica los amplios fondos conservados en el Archivo Histórico Diocesano de esa ciudad.

Estado de la cuestión

Propietarios castellanos y mano de obra morisca

Como estableciera el profesor Galán Sánchez, la práctica de la cesión a los mudéjares, y luego moriscos, de las tierras de los castellanos para su explotación venía a explicarse por la pérdida de tierras por despojo, por la aparición de propietarios castellanos (en su mayoría beneficiarios de mercedes reales) que no cultivaban directamente la tierra, por la lejanía entre la ubicación de las parcelas recibidas por los repobladores en los repartimientos y su residencia habitual y, finalmente, por la existencia de una fuerza de trabajo (los mudéjares, luego moriscos), que necesitaba de esas tierras para sobrevivir.

Pero no es sólo que existiera esa fuerza de trabajo, sino que también ésta era considerada por los propietarios castellanos como la mejor alternativa dado que su laboriosidad y conocimiento del medio y de los usos agrarios tradicionales les hacían más productivos y, por ende, más explotables.

Modalidades de cesión: arrendamientos y censos

Se estableció así una situación en la que las grandes clases dominantes urbanas controlaban la propiedad de una gran parte del terrazgo cultivado, siendo la renta fundiaria, en sus diversas modalidades, el principal sostén de su riqueza, poseyendo sus tierras en explotación indirecta, adoptando diversas formas, por un campesinado casi exclusivamente morisco que actuaba como arrendatario o censatario, lo que configuró unas relaciones sociales de producción basadas en el dominio de una minoría.

Esta situación, presente sobre todo en las zonas afectadas por los repartimientos subsiguientes a la conquista, se fue extendiendo durante la época mudéjar-morisca gracias a un proceso de acaparamiento de la propiedad de la tierra por parte de los castellanos, quedando los moriscos reducidos a la condición de censatarios, arrendatarios o simples jornaleros, un proceso de proletarización de la población morisca que se irá agudizando hasta el final de la época morisca y que, en buena medida, se debe tener en cuenta entre las causas del estallido bélico de 1568. Las formas de cesión de la tierra por parte de sus propietarios castellanos a sus cultivadores mudéjares-moriscos, fueron básicamente dos: el arrendamiento y el censo reservativo.

Arrendamientos

En cuanto a la primera, ésta fue la forma de cesión más empleada por los castellanos en la época mudéjar, sin duda como continuidad de la precedente época nazarí. Tal fue el caso de los bienes habices, que tanto en época nazarí como mudéjar eran arrendados por períodos de 4 años. Esta preeminencia del arrendamiento como forma de cesión en época mudéjar y también durante las primeras décadas de la época morisca queda también patente en los estudios del profesor Espinar Moreno basados en los protocolos notariales de Guadix, siendo los casos de cesión en perpetuo muy limitados y siempre centrados en unos bienes que, como las viñas y los morales, necesitaban de unos cuidados que, por la inestabilidad que daban los arrendamientos, sólo podían ser asegurados mediante los censos.

Censos

Sin embargo, el sistema de arrendamientos dejaba a los moriscos en una situación de desamparo e inseguridad, situación que se empezó a mitigar gracias al sistema de censos reservativos. Éstos consistían en una relación contractual perpetua (caso del censo perpetuo o enfitéutico) o a largo plazo (por 1, 2 ó 3 vidas) a través de la cual el propietario cedía el dominio útil de una finca a un cultivador mientras se reservaba la propiedad eminente sobre ella, comprometiéndose el censatario a pagar un precio fijo y, en ocasiones, también una serie de productos en especie.

Este sistema benefició al campesinado morisco, ya que le aseguraba el trabajo y los recursos necesarios en una situación de estabilidad a largo plazo. Sin embargo, también benefició a los propietarios castellanos, ya que les permitió asegurar sus rentas sin tener que negociar continuamente su colocación, con la contrapartida de que, al ser la renta fija, ésta se podía ver menoscabada en su valor efectivo en caso de un proceso inflacionista acusado.

Así pues, dada la coyuntura alcista que se experimenta en el siglo XVI, a partir de los años 20 de esa centuria se produjo un proceso de transformación de los censos perpetuos en censos por vidas e incluso en arrendamientos, para evitar la pérdida de renta ocasionada por la inflación, tal y como atestiguaban los estudios de los profesores Cabrillana y Muñoz Buendía para el caso de Almería y la decisión tomada en el Sínodo de Guadix de 1554 de prohibir la acensuación en perpetuo de los bienes eclesiásticos como practica contraria al derecho canónico, permitiéndose sólo en casos en que su utilidad fuera evidente.

Sin embargo, si en los años 1520 se tiende a eliminar como forma de cesión el censo perpetuo, ¿cómo explicar que en vísperas de la rebelión de los moriscos el profesor Muñoz Buendía haya localizado sólo en la jurisdicción de Almería un total de 275 censos perpetuos? Sin duda los estudios realizados hasta ahora nos han inducido a error, ya que el sistema de censos perpetuos no sólo no queda eliminado por el proceso ya señalado durante los años 20, sino que además de pervivir, en el caso de la Diócesis de Guadix será a partir de los años 30 y 40 cuando este sistema sea elegido como el principal para la cesión, al menos en lo que respecta a las propiedades eclesiásticas, como seguidamente vamos a comprobar.

Los inicios de la imposición del sistema de censos perpetuos

Bienes de la Fábrica Mayor de la Catedral de Guadix en Granada

Dejando aparte el caso de las viñas propiedad de la Mesa Capitular en Paulenca, cuya forma de explotación bajo el régimen de censo perpetuo se inicia en 1521, como se verá más adelante, los primeros bienes eclesiásticos que pasan de manera generalizada a explotarse bajo esa forma jurídica van a ser los bienes que el primer obispo de Guadix tras la conquista castellana, fray García de Quijada, donará a la Fábrica Mayor de la Catedral de Guadix por su testamento en 1522 en la ciudad y término de Granada.

Así, en reuniones conjuntas de los días 17, 20 y 30 de abril de 1526 el obispo y el Cabildo Catedral de Guadix decidirán sustituir el sistema de arrendamientos por el de censos perpetuos para la explotación de esas propiedades “por escusar los gastos que la dicha hazienda tyene en los reparos della e en otras cosas”, para lo cual las mismas serían pregonadas y rematadas cada una en su mayor ponedor.

Los bienes habices de las iglesias parroquiales

Cuatro años después, en 1530, el obispo de Guadix decidirá hacer lo mismo con los bienes habices que, pertenecientes a las iglesias parroquiales del obispado, se iban recuperando de manos particulares por diferentes pleitos, que hemos de incardinar también en el proceso de recuperación de las rentas eclesiásticas iniciado en 1526 en la Diócesis.

Así, el día 3 de diciembre de 1530 el obispo, como administrador de las iglesias parroquiales de su Obispado, otorga poder a Luis Méndez de Sotomayor, mayordomo episcopal y de las iglesias parroquiales del Obispado, para que diera a censo perpetuo los bienes de las iglesias que se iban recuperando. Tal decisión la justificaba porque “andando en rencta las viñas e morales e otros árboles e tierras e casas se pierden e vienen en diminuçión e porque queremos que en la dicha renta e las dichas yglesias no tengan costas en las lavores e reparos”. Como en el caso anterior, se darían los bienes “a las personas que más por ello dieren”.

También hubo de ser el caso de los bienes habices de la Iglesia Parroquial de Abla, cuyos censos se otorgan a partir de la fecha del citado poder y que en un trabajo anterior cataloguemos como censos por vidas debido a que la bibliografía existente y la parquedad de la fuente utilizada nos indujo a ello.

Las viñas de la Mesa Capitular en Paulenca

Del extenso patrimonio con que contaba la Mesa Capitular en el lugar de Paulenca, el Cabildo Catedral de Guadix decidió en 1521 dedicar un total de 51 marjales al cultivo de viña, para lo cual se decidió cederlos a moriscos vecinos de la localidad a censo perpetuo con tal condición.

No hemos de olvidar que durante el siglo XVI se produce en el Reino de Granada una rápida expansión de este cultivo, potenciada por el incremento en el precio del vino y pasas por la fuerte demanda y por la imposición de una estricta política proteccionista de la Corona frente a la importación de caldos de los reinos limítrofes de Jaén y Córdoba.

En todo caso, el único freno con que contó su expansión fue la cuantiosa inversión inicial y la necesidad de esperar tres o cuatro años hasta que los primeros majuelos comenzaran a dar fruto, por lo que los propietarios castellanos hubieron de dar facilidades a los cultivadores, que se concretaron en este caso en la concesión de contratos de censo perpetuo.

Así, el día 12 de marzo de ese año el Cabildo Catedral en pleno cedió en censo perpetuo a Pedro Cuxarí, Francisco Alfahar, Pedro Caba, Diego Arraquique y Fernando Barradiní, moriscos vecinos de Paulenca, los citados 51 marjales de tierra en el pago de Xarara (junto al pago del Hamerín), a cambio de un pago anual de 30 maravedíes por marjal, “para que las pusyesen de viñas”.

En todo caso, estos cinco moriscos actuaron como intermediarios, ya que con posterioridad esos 51 marjales fueron repartidos “entre sy y entre otros vecinos del dicho lugar e las pusieron de viñas”. Sin embargo, aún quedaba por legalizar dicho reparto, ya que los nuevos poseedores no tenían contratos de cesión, por lo que los mismos interesados solicitaron al Cabildo Catedral que les otorgaran escrituras de censo perpetuo en forma.

Para ello, el Cabildo otorgó poder el día 31 de mayo de 1536 a los canónigos Lucas de Tahuste y Hernán Ruiz. Fruto de su actuación fue la concesión de un total de 37 escrituras de censo perpetuo en que se concedieron un total de 49’75 marjales de viña, distribuidos en 37 lotes, aunque muchos de ellos se dividían en uno o varios pedazos, por lo que el total de unidades de explotación sería de 54. Por tanto, la media de extensión de los lotes dados a censo sería de 1’35 marjales, mientras que por unidad de explotación sería de 0’9 marjales, como vemos un acusadísimo minifundismo.

Por lo que respecta a su precio, cada marjal se cedió a cambio de 1 real de plata al año, es decir, 34 maravedíes, 4 más que en el contrato original de 1521, pagaderos a finales de octubre de cada año “so pena del doblo cada paga con todas las costas e yntereses que se syguieren”.

En cuanto a los beneficiarios de los contratos, todos ellos son moriscos excepto en un caso, del que es beneficiario Juan de Baeza, cristiano viejo vecino de Paulenca. La inmensa mayoría son vecinos de Paulenca (25), habiendo también moriscos de localidades cercanas como Guadix (5), Alares (3), Fonelas (1), Marchal (1) y Beas (1).

Una vez puestas las viñas en producción, éstas fueron objeto del interés de los cristianos viejos, que comenzarán a hacerse con su explotación. Destaca el caso del clérigo Alonso de Toledo, a la sazón secretario del mismo Cabildo Catedral, que compró a 10 censatarios moriscos 11 marjales y un cuarto de viña por precio de 77 ducados. Por tanto, y cómo ya constatamos en el caso de los habices de la Iglesia de Abla, se denota un proceso por el cual la clase dominante de los cristianos viejos, miembros en este caso de la misma institución propietaria, tenderán hacia el acaparamiento no sólo de la propiedad de la tierra, sino también de sus formas de cesión, quedando así los moriscos relegados a la simple condición de subarrendatarios o jornaleros, acentuándose así su proletarización.

La imposición del sistema de censos perpetuos en las propiedades rústicas de la Mesa Capitular de Guadix

Como ya pudimos comprobar a través del apeo realizado en 1538 de las propiedades de Mesa Capitular, el sistema de censos perpetuos estaba limitado a la explotación de viñas y majuelos, no sólo los que ya hemos visto del pago de Xorara en Paulenca, sino que también tenemos constancia de otros 5 casos, uno en el Zalabi, otro en el pago de Cobiçi en Paulenca, otros dos en Beas y otro en Muñana, mientras que el resto de propiedades estarían dadas en arrendamiento o censos por vidas, aunque en el apeo no se especifica.

Será a partir de 1546-1547 cuando este sistema de cesión se empiece a imponer, teniendo como fuente fundamental para su estudio los pleitos que se desarrollaron con posterioridad a la expulsión de los moriscos por su expropiación por la Corona, además de los protocolos notariales, que nos han servido de apoyo. En todo caso, hemos de dejar claro que paralelamente a la expansión del sistema de censos perpetuos se siguieron manteniendo también otros sistemas como el arrendamiento, que nunca llegarían a desaparecer del todo, siendo tan sólo relegados a un segundo lugar.

El ejemplo de los bienes cedidos a censo perpetuo en Beas nos va a permitir comprobar como esta forma jurídica de cesión seguirá siendo empleada hasta la última década de la época morisca. Seguramente en el mismo periodo en que se cedieron en perpetuo los bienes de Mesa Capitular en el valle del Zalabí se dieron también los situados en Beas.

Uno de los beneficiarios de estos censos fue el morisco Hernando de la Cueva. En 1560 este morisco quiso traspasar en Hernando de Mendoza Xarquí los bienes que la Mesa Capitular le había cedido en esa localidad. El Cabildo, en virtud de la cláusula de veintena, se quedó con los bienes “por el tanto del traspaso” y comisionó al licenciado don Manuel de Fuentes, arcediano, para que cediera las propiedades a censo perpetuo.

Aquellos bienes que con anterioridad fueron cedidos a censo perpetuo a un solo censatario, fueron divididos en 6, cuyas escrituras se otorgaron entre los días 20 y 27 de octubre de 1560. Todos los censatarios eran moriscos vecinos de Beas, aunque en dos de ellos desconocemos su vecindad.

En total la Mesa Capitular recaudaba anualmente por esos 6 censos 945 maravedíes y 1 gallina. En cuanto a los bienes afectados, destacan las hazas, que son objeto de un total de 5 contratos. La superficie total, sin computar uno de los casos en el que no se especifica, es de 5 celemines y 1 cuartillo, lo que nos da una media por haza de 1 celemín y poco más de 1 cuartillo, por tanto un acusadísimo minifundismo, mayor aún si tenemos en cuenta que en uno de los contratos se trata de 2 hazas, lo que nos daría una media de 1 celemín por unidad de superficie. El otro de los censos estaba impuesto sobre 4 pedazos de tierra, uno de ellos con 1 moral, que totalizaban 7 celemines, lo que nos da una media de extensión por parcela de 1 celemín y 3 cuartillos.

Dos hechos nos llaman la atención si comparamos estos censos de 1560 con los otorgados en 1546-1547: por un lado se acentúa el minifundismo y por otro prácticamente desaparece el pago en especie (gallinas). En cuanto a las condiciones del contrato, éstas se mantienen a lo largo de toda la época morisca imperturbables.

Conclusiones

Como hemos visto, el empleo de los censos perpetuos como modo de cesión de la tierra por parte de los propietarios castellanos a una mano de obra básicamente morisca, lejos de desaparecer en los años 20 del siglo XVI, conocerá precisamente a partir de la década siguiente un auge, como hemos podido comprobar a través del caso de las propiedades de la Iglesia accitana. Queda tan sólo plantear una hipótesis que justifique tal desarrollo, analizando sus pros y contras para los propietarios.

El principal elemento en contra de su empleo como forma de cesión era que la perpetuidad de la renta hacía que, en una situación inflacionista como la de la época, ésta se viera disminuida con el tiempo en su valor real.

Sin duda el impedimento no era pequeño, pero los pros eran mucho mayores.

En primer lugar el propietario se libraba de la enojosa, y costosa, tarea de la renovación o nueva concesión periódica de contratos de arrendamiento. Además se conseguía fijar al campesinado a la tierra, asegurándose así la continua explotación de la propiedad. En segundo lugar el propietario también se libraba de los gastos de mantenimiento de las propiedades, ya que con la enfiteusis éstos quedaban a cargo del censatario. Así, toda la renta sería líquida, sin deducción de gastos, y se conseguía además mantener el valor de los bienes, hecho en el que el censatario también estaba interesado, no tanto un arrendador. Por último, el propietario también podía aprovechar los traspasos para, acogiéndose a una de las condiciones de los contratos, recuperar el dominio útil para volver a cederla bajo nuevas condiciones.

Hasta aquí los datos objetivos, que ya nos podrían justificar plenamente el porqué de la opción tomada por los eclesiásticos accitanos a favor del empleo de los censos perpetuos. Pero queremos ir más allá y apuntar una hipótesis más arriesgada y, por tanto, aún por demostrar en muchos de sus aspectos. Creemos que el deterioro que sufre la población morisca en sus niveles de vida a lo largo del siglo XVI hizo que ésta fuera cada vez menos capaz de explotar las propiedades de los castellanos, sencillamente porque no contaba con medios (inputs) que invertir en las propiedades. Ello hizo que, además de resentirse su explotación, cada vez menos rentable, éstas se vieran también menoscabadas. De ahí que incluso muchos censatarios moriscos se vieran obligados a traspasar sus censos a favor de cristianos viejos, como hemos podido comprobar. Por tanto, la única alternativa para los propietarios castellanos era que, mediante unas condiciones más favorables, el campesinado morisco pudiera seguir siendo explotado, manteniendo su producción sin menoscabo de los bienes y pudiendo asegurar su mantenimiento y reproducción. Ese pudo ser, en nuestra opinión, el papel que pudieron jugar los censos perpetuos.

Sin embargo, su empleo fracasó, por un lado porque esas condiciones más favorables no fueron suficientes ante la presión depredatoria castellana y, por otro, porque incluso el sistema se desvirtuó y se aprovechaba cualquier ocasión para endurecer las condiciones de los contratos, acentuando el minifundismo y aumentando la renta, como hemos podido ver en los censos de Beas de 1560.

Al final la situación del campesinado morisco, cada vez más proletarizado, se hizo insostenible. Otra razón más para sublevarse.

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